miércoles, 22 de abril de 2009

Séptima reseña. 9. El quadrivium ontológico: la virtualización, una de tantas transformaciones. En : LÉVY, Pierre. ¿Qué es lo virtual? Barcelona: Pa

En esta recapitulación de los conceptos postulados por Lévy a partir de la Ontología clásica, él nos cuenta que la virtualización es una desustanciación, que se expresa a través de la desterritorialización, como se mostró en la anterior reseña; o el efecto social que tiene como fundamento el anillo de Moebius, efecto según el cual se pasa fácilmente desde lo privado hasta lo público, y viceversa, sin saber a ciencia cierta, como en las paradojas eleáticas (la paradoja del calvo, por ejemplo), dónde comienza lo público y dónde termina, para dar inicio a lo privado.  Virtualización que cuenta con dos movimientos: el de la subjetivación, que tiene implicaciones individuales, y el de la objetivación, que tiene implicaciones comunitarias, que buscan el bien común.  Virtualización que cuenta con tres tipos de operaciones: gramatica, dialéctica y retórica, tal cual como el trívium medieval. 

 Junto a esto, lo virtual no excluye a lo actual, lo posible ni lo real, sino que, simplemente, es el modo de ser que predomina en esta época.  Predominio armonizado con los otros tres elementos del quatrivium postulado por Lévy. 

Entonces, en este capítulo Lévy se dedica a explicar lo que, de alguna manera, había quedado oscuro en los capítulos anteriores.  Por eso quizás sea más recomendable leer este primer capítulo al comienzo del curso, no al final de la saga de capítulos de este libro que se leen durante el mismo.  Así, Lévy dice cosas aclaratorias como que hay un grupo que mora en lo patente, en lo que se manifiesta, el cual está constituido por lo real y lo actual; mientras que hay otro grupo que se mora en lo oculto, en lo que está velado, y es lo posible y lo virtual.  Lo virtual tiene que ver con lo subjetivo; mientras que lo actual, con lo objetivo.  Lo real se asemeja a lo posible; mientras que lo actual responde a esa problematización propia de lo virtual.  En otras palabras, como se dijo al comienzo de esta reseña, el noveno capítulo de ¿Qué es lo virtual? es más de lo mismo, la repetición de la repetidera, lo que él ya dijo hasta la saciedad durante el libro y que, por eso, cobrará más relevancia cuando se lea antes que los otros capítulos.  

Ahora bien, no contento con encuadrar su teoría de la virtualización con el trívium medieval, Lévy hace encajar su cuadrivium con las cuatro causas aristotélicas, así: 1) a la realización le corresponde la causa material; 2) a la posibilitación o potencialización, la causa formal; 3) a la actualización, la causa eficiente y 4) a la virtualización, la causa final. 

Luego, el autor resalta la diferencia que hay entre acontecimiento o hecho (lo virtual y lo actual) y sustancia o cosa (lo posible y lo real).  Y sigue mirando implicaciones de estas diferenciaciones ontológicas. 

En fin, como se ha mencionado con anterioridad, es un capítulo que no ofrece un gran aporte, más allá de la aclaración de conceptos que se manejaron a lo largo del libro.  Por eso resultan más interesantes las aplicaciones que el autor hace de la virtualización en la Hermenéutica (textos) o en la Economía.  

miércoles, 15 de abril de 2009

Sexta reseña: 4. La virtualización de la Economía. En : LÉVY, Pierre. ¿Qué es lo virtual? Barcelona: Paidós, 1999. pp. 39 - 55

Pierre Lévy acrecienta en este capítulo la carga semántica de la palabra virtualización.  Ahora, para que podamos entenderla mejor, nos ofrece la palabra sinónima de desterritorialización.  Y para ello, nos recuerda la acotación que había hecho del libro de Michel Serres, Atlas, donde dicho filósofo francés, usando terminología heideggeriana, ilustra el tema de lo virtual como «fuera de ahí»: “La humanidad nunca antes había destinado tantos recursos a no estar ahí, a comer, dormir, vivir fuera de su casa y alejarse de su domicilio”,[1] lo cual es posible gracias a que hoy en día el negocio principal que mueve las finanzas del mundo es el transporte, cuyo combustible parte del petróleo.  Desterritorialización no sólo física, en el sentido de que gracias a los aviones el presidente de Estados Unidos puede, por ejemplo, desayunar en México y cenar en la Casa Blanca, sino también virtual, en el sentido de que cualquier mortal puede estar conversando con una persona en China, desde su casa en Bogotá.  En ese sentido, quiero postular un nuevo sinónimo de virtualización que nos permite comprender mejor esa palabra: las palabras escritas, las palabras orales y el video del bogotano que está chateando con una persona en China, lo representan.  Si bien es cierto, el sigue en Bogotá, su texto virtual, sea éste oral o escrito, y su imagen, lo representan.  De la misma manera que una moneda o un billete, que también son virtuales, representan al oro que está en la reserva del Tesoro Nacional del, en nuestro caso colombiano, Banco de la República.  La moneda de quinientos pesos en sí misma no vale nada, pues está hecha de un metal barato.  El billete de cincuenta mil pesos en sí mismo no vale nada, pues es un papel.  El valor consiste en que representa al equivalente de cincuenta mil pesos en oro, es decir, a unos gramos de oro que están reposando en los depósitos del Banco de la República.  Y en eso consiste el sistema económico actual: no hacemos trueque, intercambiando pedazos de oro por comida, ropa, servicios públicos, etc.  No tenemos que ir por ahí con un bultico de oro, lo cual sería terrible, porque ¿de dónde se sacaría tanto oro, si la mayoría de minas ya han sido explotadas? y ¿qué seguridad podría haber si los/as ladrones nos ven cargando todo ese oro? A pesar de la inseguridad actual, es más fácil conservar nuestros recursos mediante papeles y metales representativos de oro, cargando poco efectivo gracias a la posibilidad de realizar transacciones electrónicas, que cargando un bultico de oro.  Como dice Lévy: “En tanto que objeto virtual, la moneda es más fácil de intercambiar, compartir y poner en común que otras entidades más concretas, como la tierra o los servicios”.[2] Entonces, no hacemos trueque con el oro, sino que intercambiamos representaciones de oro (billetes, monedas, cheques, etc.) por los beneficios que necesitamos y que no necesitamos (lujos, en el caso de quienes pueden dárselos).  Esa representatividad del oro por medio de dinero es la virtualización de la Economía, que surgió al finalizar la Edad Media, pero que hoy en día está en su máxima expresión, gracias al Neoliberalismo y al avance tecnológico que nos permite realizar giros internacionales en pocos minutos. 

Por otra parte, Pierre Lévy también afirma que el conjunto de las actividades que realizamos, depende en la actualidad de las informaciones y los conocimientos, que también son bienes económicos.  Pensemos, por ejemplo, en este blogg.  La redacción del texto se está realizando gracias a Microsoft Word, y la navegación para encontrar la página del blogg y subir en ella este texto, gracias al Explorer del sistema operativo de Microsoft Windows.  Es decir, esta actividad académica y las actividades laborales que realizo, han sido posibilitadas gracias al conocimiento de Bill Gates, quien lo usó como la fuente principal de producción de su riqueza.  Gracias a esto, “ya no es sólo una casta de especialistas, sino la gran masa de los ciudadanos la que está llamada a aprender, transmitir y producir conocimientos de manera cooperativa en su actividad cotidiana”.[3] Sólo que, a diferencia de los útiles materiales, tales como la comida o la ropa, la información en tanto producto económico desterritorializado, no se destruyen cuando son consumidos, como sucede cuando nos comemos un perro caliente, por ejemplo.  Además, ceder tales productos económicos desterritorializados, no significa perderlos, como se ve en el caso de Microsoft.  Y esto posibilita la aparición de una economía de la abundancia, cuyos conceptos, y sobre todo las prácticas, significarían una ruptura profunda respecto al funcionamiento de la Economía clásica, que se basa en el postulado de la escasez de los bienes, postulado que se funda en el carácter destructor del consumo y en la naturaleza exclusiva o privativa de la cesión y la adquisición.[4] Al no ser destructible ni perdible el conocimiento, la Economía clásica tendrá que ser repensada. 

Posteriormente, Pierre Lévy nos ofrece otro concepto sinónimo de virtualización, a saber: “desmaterialización”.  Esto tiene todo que ver con el ejemplo del dinero, que se puso al equiparar virtualización a desterritorialización.  Ya no tenemos que cargar el bultico de oro para todos lados, pues ya no es el oro material lo que importa, sino su representación desterritorializada: una transacción electrónica, un cheque, un billete de cincuenta mil pesos, cuyo precio real en términos de papel y tinta quizás no supere los quinientos pesos.  De la misma manera, el conocimiento se puede transmitir desde un cerebro hasta otro.  Esto implica que no estamos hablando de desmaterialización como inmaterialización, porque esto implicaría que el conocimiento fuera material, es decir, que fuera un objeto, una sustancia.  Estamos hablando, más bien, de desmaterialización como desterritorialización, en el sentido de que el conocimiento es un acontecimiento.  O sea, mientras que un objeto como el oro está ligado al espacio, un acontecimiento como la información está ligada al tiempo, y por eso puede viajar de un sitio a otro en pocos segundos, pues no pesa, como pesa un bulto de oro, sino que se demora… poco. 

De la misma manera, los enunciados no denotan objetos, sino acontecimientos, hechos.  Por eso no encajan en el binomio: material (mesa) / inmaterial (espíritu).  Encajan en el binomio: probable / improbable, en el cual no encajan los objetos.  Y esto nos lleva de nuevo a Kant: los juicios analíticos no nos enseñan nada nuevo: el concepto de triángulo denota que esa figura geométrica tiene tres lados, pero nada más.  Mientras que los juicios sintéticos sí acrecientan el conocimiento, nos enseñan cosas nuevas.  O, como lo expresa mejor Pierre Lévy: “Intuitivamente, percibimos que la información está vinculada a una probabilidad subjetiva de enunciación o de aparición: un hecho enteramente previsible no nos enseña nada, mientras que un acontecimiento sorprendente nos aporta una auténtica información”.[5]

Otra cosa importante se que, cuando hablamos sobre un acontecimiento, cuando nos estamos refiriendo a él, lo estamos virtualizando, en el sentido de que lo estamos desterritorializando, lo estamos independizando de su actualidad (recordemos que lo virtual se opone a lo actual), lo estamos separando de su ligación espacio-temporal.  Y para entender mejor este concepto, quiero citar el siguiente aparte del texto:

¿Por qué el consumo de una información no es destructiva y su posesión no es exclusiva? Porque la información es virtual. Tal y como ya hemos subrayado, uno de los principales caracteres distintivos de la virtualidad es la falta de relación directa con un aquí y ahora particular, y es por esto que puedo entregar un bien virtual, por esencia desterritorializado, sin perderlo. Por otro lado, recordemos que lo virtual se puede asimilar a un problema y lo actual a una solución. La actualización no es, por lo tanto, una destrucción sino, por el contrario, una producción inventiva, un acto de creación. Cuando utilizo la información, es decir cuando la interpreto, la relaciono con otras informaciones para darle sentido o me sirvo de ella para tomar una decisión, la actualizo. Realizo un acto creativo, productivo. El conocimiento, por su parte, es el fruto de un aprendizaje, es decir, el resultado de una virtualización de la experiencia inmediata. En sentido inverso, puede aplicarse o, mejor, actualizarse en situaciones diferentes a las del aprendizaje inicial. Toda puesta en práctica efectiva de un saber es una resolución inventiva de un problema, una pequeña creación.[6]

Esto nos permite contribuir con la reseña del primer capítulo en cuestión, para entender que el binomio: virtual/real tiene que ver sólo con los acontecimientos, con los hechos, con la información, con lo que es desterritorializado, mas no con las cosas, con los objetos.  A estos últimos les corresponde el binomio (posible/real).  Los bienes de consumo destructivo y la apropiación exclusiva son depósitos de posibilidades, de «potenciales». Su consumo (comer el trigo, conducir el coche) equivale a una realización, es decir, a una opción exclusiva e irreversible entre las varias posibles, a un «descenso de potencial».[7]

Entonces, por cuanto las cosas están ligadas a lo espacio-temporal, no pueden virtualizarse ni actualizarse, pues no pueden desterritorializarse, es decir, estar en dos lugares al mismo tiempo. Lo que se virtualiza o actualiza de las cosas es su representación, la cual sí puede viajar por diferentes espacios, estar aquí y en China al mismo tiempo, gracias a las conexiones de transporte virtual que hay en la actualidad.  Y esto aplica para el trabajo, el mercado y la inteligencia colectiva, ítems que Pierre Lévy también explica a la luz de las categorías anteriormente mencionadas. 



[1] LÉVY, Pierre. ¿Qué es lo virtual? Barcelona: Paidós, 1999.  p. 39

[2] Ibid., p. 40

[3] Ibid., p. 42

[4] Ibid., p. 43

[5] Ibid., p. 44

[6] Ibid., p. 45

[7] Ibid., p. 46 “La realización sólo confiere existencia a ciertas posibilidades en detrimento de otras. Los posibles son candidatos y no un ámbito problemático; la realización es una elección o una selección y no una resolución inventada de un problema. El bien virtual plantea un problema, abre un campo de interpretación, de resolución o de actualización, mientras que un entorno de posibles sólo se presta a una única realización. Como potencial de realidad, el bien destructivo y privativo no puede estar, a la vez, aquí y allá, separado del aquí y ahora: está regido por la ley del tercero excluido: o bien... o bien... Si eso no fuera así, se podría realizar de dos maneras diferentes en dos lugares y dos momentos distintos, lo que, por definición, es... imposible. Por lo tanto, las reservas de posibles, los bienes cuyo consumo es una realización, no se pueden separar de su soporte físico”.  Ibid., p. 46

jueves, 2 de abril de 2009

Quinta reseña: 3. LA VIRTUALIZACIÓN DEL TEXTO.

3. LA VIRTUALIZACIÓN DEL TEXTO.

 

I. LA LECTURA, O LA ACTUALIZACIÓN DEL TEXTO.

En este aparte, Pierre Lévi comienza diciendo que el texto es un objeto virtual.  El texto, entonces, no es concreto y no depende de ningún soporte.  Y como lo virtual tiende hacia lo actual, el texto se actualiza en versiones, traducciones, ediciones, ejemplares y copias.  Es un proceso de actualización que continúa cuando damos nuestra propia interpretación del texto, según nuestras propias circunstancias.

En este punto, entonces, hay que dar una primera revisión al primer capítulo del libro, intitulado como: ¿Qué es lo virtual? para entender mejor la diferencia entre los conceptos de “actualización” y “realización”, que el autor presupone pero no explica de manera detallada en el tercer capítulo que estamos estudiando. 


1. Paso de lo posible a lo real: realización.

1.1 Sucede que la realización es el proceso según el cual se pasa desde lo posible a lo real.  Pero, ¿qué es lo posible? Es lo que podría darse en la realidad, pero aún no se ha dado en ella.  Es decir, siendo idéntico a lo real, lo posible es como algo real fantasmagórico, a lo cual le falta la existencia.  Junto a esto, una característica principal de lo posible es que ya está constituido, pero se mantiene en el limbo.  O sea, cuando llegue a realizarse, nada cambiará en su determinación ni en su naturaleza. Para dar más claridad, en términos kantianos, lo posible es similar a un juicio analítico a priori.  ¿Por qué? Resulta que, por ejemplo, la idea de triángulo -aunque todavía no se haya dado el triángulo en la realidad, es decir, aunque el triángulo aún no tenga existencia-, de todos modos lleva en su enunciado la determinación de que el triángulo tendrá tres lados y nunca cuatro (o si no, sería un cuadrilátero).

1.2 Ahora bien, ¿qué es lo real? Lo que antes era apenas posible, porque aún no existía, pero que ahora sí existe.  Es aquello que ya está dado, y lo está de una forma determinada, no de otra.  Por ejemplo, el agua moja y no es posible que no moje.  Y antes de definir el concepto de “actualización”, vale la pena decir que, partiendo de la diferencia que hay entre la realización -que es la ocasión de un posible predefinido-, y la actualización -que es la invención de una solución exigida por una problemática compleja-, aunque algo que esté en acto, no es lo mismo que lo real, por más que, como lo real, también exista.  Teniendo en cuenta dicha diferencia, lo actual es una respuesta a una problemática compleja (lo virtual), mientras que lo real es la concretización de lo posible, lo cual, en vez de ser una problemática compleja, ya está definido, ya tiene en sí mismo las características de cómo va a ser en la realidad. 

 

2. Paso de lo virtual a lo actual: actualización.

¿Qué es, por consiguiente, la actualización? Como ya se dijo, es la solución a un problema, solución que no se contenía en el enunciado de dicho problema.  En términos kantianos, la actualización tiene que ver con el juicio sintético (a posteriori), porque la solución no se contenía en el enunciado, como en el caso del concepto “triángulo”, por ejemplo.  Así, la actualización es como la solución al siguiente enunciado: “figura geométrica”.  Puede que, por ejemplo, la figura geométrica que esté en la actualidad sea la del exágono, y no la del triángulo. 

2.1 Por eso el exágono ya estaba virtualmente presente en el enunciado de “figura geométrica”, pero no era la única figura geométrica que también estaba virtualmente presente en dicho enunciado (y así se responde parcialmente la pregunta implícita: ¿qué es lo virtual?).  Esto, porque también podía actualizarse o darse en la actualidad un círculo o un cuadrado o cualquier figura que encajara, que hiciera parte, del enunciado: “figura geométrica”.  Había múltiples figuras virtuales (no posibilidades) en el caso del enunciado: “figura geométrica”: triángulos, círculos, etc., pero la actualización requería de una sola de esas figuras, pues no puede haber en la actualidad algo así como un exágono (y un) cuadrado al mismo tiempo, pues, o tiene seis lados o cuatro (a no ser que el cuadrado esté dentro del exágono, pero en ese caso serían dos figuras distintas, que podrían separarse, coexistir independientemente la una de la otra). 

2.2 Y estamos hablando de figuras virtuales, a partir de las cuales el proceso de actualización involucró solamente a una.  No estamos hablando de múltiples posibilidades, porque las posibilidades ya tienen determinaciones que, de todas maneras, se darán cuando se realicen.  Así, por ejemplo, hablando de la posibilidad, existe fantasmagóricamente el triángulo.  Dicha figura geométrica posible también tendrá tres lados cuando se realice (en la realidad, no en la actualidad).  Podrá ser chiquito o grande.  Podrá tener color rojo o verde o violeta o… Pero, a pesar de todas estas posibilidades, el triángulo se dará en forma de triángulo.  No habrá ningún problema en su realización, no existirá la más mínima posibilidad de que se presente un pentágono, por ejemplo, así como una manzano no puede dar peras.  Y esto, a diferencia de la figura geométrica virtual, que en su actualización (no en su realización) podrá expresarse en forma de cuadrado o triángulo o…, aunque únicamente se dé una figura geométrica en la actualidad: el pentágono y no el exágono, por ejemplo (y así se responde parcialmente la pregunta implícita: ¿qué es lo actual?).

Entonces, la diferencia principal entre una posibilidad y una actualización, es que la posibilidad se trata de cosas simples, que serán en la realidad de la misma manera como ya lo son en ese plano irreal, fantasmagórico, en ese limbo del cual nos habla Pierre Lévi.  Mientras que la actualización se trata de cosas complejas, de algo más que una simple posibilidad, de toda una problematización que no se expresa en lo estático de un triángulo de, obviamente, tres lados, sino en la multiplicidad dinámica de las diversas figuras geométricas que encajan en dicho concepto (el de “figura geométrica”).  Como lo dice Pierre Lévi: “La actualización [a diferencia de lo posible] es creación, invención de una forma a partir de una configuración dinámica de fuerzas y finalidades [es decir, es una forma que se da a partir de lo  virtual].  Es distinto a asignar una realidad a un posible o a la elección entre un conjunto predeterminado: una producción de cualidades nuevas, una transformación de las ideas, una verdadera conversión que, por contrapartida, alimenta lo virtual” (énfasis agregado).[1]

Con base en esto, se puede entender el siguiente párrafo de Lévi: “Hablo de actualización respecto a la lectura y no de la realización, que es el resultado de una selección entre posibles preestablecidos.  Ante la configuración de estímulos, de obligaciones y de tensiones que propone el texto, la lectura [en tanto actualización] resuelve el problema del sentido de manera inventiva y siempre singular.  La inteligencia del lector construye encima de las páginas lisas un paisaje semántico móvil y accidentado.  Analicemos en detalle este trabajo de actualización” (énfasis agregado).[2] Y esto último es lo que vamos a hacer de ahora en adelante.

 

3. Leer o escuchar un texto.

Leer o escuchar un texto es actualizarlo.  Al comenzar el proceso de actualización, nos damos cuenta que el texto está lleno de huecos, de palabras que no entendemos.  Esto porque hay expresiones que son como fragmentos que no están juntas y que no integramos de buenas a primeras a las demás expresiones del texto, razón por la cual las pasamos de largo.  Por eso leer o escuchar un texto es desleerlo. 

3.1 Leer o escuchar un texto es, en primer lugar, arrugarlo y replegarlo sobre sí mismo.  En ilación con lo anterior, pensemos en una hoja de papel, en una cuartilla.  Nos dicen que esa hoja de papel es un barco.  Pero nosotros no lo vemos así, sólo vemos una hoja de papel sembrada de blancos.  Todo es blanco, el barco es incomprensible para nosotros, pues no lo vemos.  Pero, entonces, alguien, bien sea el escritor o el editor del texto, nos da las instrucciones para hacer el barco.  Es ahí cuando comenzamos a realizar los dobleces, los pliegues.  En ese sentido, no lo arrugamos, como si cogiéramos la hoja y la estrujáramos entre nuestras manos, para hacer una bola de papel, sino que lo replegamos, le hacemos los ya mencionados dobleces, y, entonces, el barco va cogiendo forma, razón por la cual comenzamos a verlo.  Los textos son como hojas en blanco, y leerlos o escucharlos es como comenzar a armar el barquito.  Como dice Pierre Lévi: “Relacionamos entre sí los pasajes que se corresponden. Cosemos juntas las partes dispersas, extendidas, divididas sobre la superficie de las páginas o en la linealidad del discurso: leer un texto es reencontrar los gestos textiles que le han dado su nombre”.[3]

Y esto que acabamos de explicar no es otra cosa que lo que ya habíamos entendido, cuando vimos las diferencias entre lo posible y lo real, por un lado, y lo virtual y lo actual, por el otro.  El texto no es posible ni real, recordémoslo, pues, Pierre Lévi, desde el comienzo del tercer capítulo que estamos estudiando, nos dijo que: “El texto, desde sus orígenes mesopotámicos, es un objeto virtual, abstracto, independiente de tal o cual soporte particular” (énfasis agregado).[4] Así, esos pliegues o dobleces (arrugas que le hacemos a la hoja de papel para poder encontrar el barco) están ya presentes, virtualmente, en la hoja de papel, en donde el barco nos parece incomprensible, porque no lo vemos.  A pesar de esa ceguera nuestra, de esa ignorancia, el barco está virtualmente presente, mediante las instrucciones que nos va a dar o nos está dando el escritor o el editor de ese barco llamado texto.  “Los pasajes del texto mantienen, virtualmente, una correspondencia, casi una actividad epistolar, que actualizamos mal que bien, siguiendo o no las instrucciones del autor.  Carteros del texto, viajamos [en nuestro barco de papel] de una orilla a la otra del sentido con la ayuda del sistema de direcciones e indicadores marcado por el autor, el editor, el tipógrafo” (énfasis agregado e incrustación al texto agregada). 

¿Y qué puede pasar si no obedecemos esas órdenes que nos da el escritor o el editor? Si tomamos atajos, si editamos pliegos prohibidos, si formamos redes secretas o clandestinas, sencillamente nos va a quedar otra cosa menos un barco de papel.  Al hacer emerger otras geografías semánticas distintas a las propuestas por el autor del texto, o su editor, vamos a tener un texto completamente distinto.  Pero, ¿acaso no es eso lo que hacemos siempre cuando leemos o escuchamos un texto? En el siguiente ítem revisaremos esto.

3.2 Leer o escuchar un texto es, en segundo lugar, fragmentarlo, pulverizarlo, según nuestra propia subjetividad.  Por ahora, el caso es que al seguir las instrucciones, al hacer los dobleces en pro de la construcción del barco de papel llamado texto, es que desplegamos su sentido.  No hay sentido, éste no se encuentra en ningún lado, antes de nuestra lectura del texto.  ¿Qué sentido tiene una hoja blanca de papel?, ¿es la hoja de papel un barco de papel? No.  Al fabricar el barquito, es decir, al actualizarlo mediante nuestra lectura del texto, es que le encontramos sentido a esa hoja de papel: ya no es una simple hoja de papel, pues ahora es un barco que comienza a develarse, a mostrarse, a descubrirse, a hacerse patente.  Pero, como se dijo en el párrafo anterior, no siempre encontramos el sentido del texto, porque cuando lo leemos o lo escuchamos, también nos hacemos los locos con las instrucciones del autor o del editor, porque pensamos a la luz de nuestras presuposiciones, de lo que hemos aprendido a lo largo de la vida.  Como diría Friedrich Daniel Ernst Schleiermacher en su Hermenéutica, luego de leer un texto, tratando de hacer una reconstrucción histórica y divinatoria, objetiva y subjetiva, buscando entender el texto mejor que quien lo escribió, construyendo lo finito y determinado (lo posible) a partir de lo infinito y lo indeterminado (lo virtual), en fin, al estar pasando por el momento gramatical de la interpretación de un texto, viene simultáneamente el momento sicológico de la interpretación.  Y pasamos por este momento no sólo buscando analogías entre la vida de la persona que escribió el texto y nuestra propia vida, sino también, y sobretodo, como ya se había mencionado, buscando analogías entre el texto y lo que sabemos acerca del mundo.

Entonces, al comenzar a doblar la hoja de papel, para construir objetivamente el barco (momento gramatical de la interpretación), de repente nos acordamos del barco que vimos en la película Titanic, o de la lanchita que montamos en el parque Simón Bolívar.  También nos acordamos que el barco es un medio de transporte, y entonces lo relacionamos con el carro, el bus, el avión, hasta con el e-mail.  Nuestra mente vuela y… ¿el texto? “Esta vez, el texto ya no está arrugado, recogido sobre sí mismo en una bola, sino fragmentado, pulverizado, distribuido, evaluado según los criterios de una subjetividad que surge de sí misma”.[5]

Este proceso de actualización del texto mediante la lectura o la escucha del mismo, actualización dada en dos momentos diferentes, pero, a menudo, simultáneos, nos recuerda otras palabras propias de la Hermenéutica, que debe tanto a la Teología, a saber: la exégesis y la eiségesis.  La palabra griega: ἐξηγεῖσθαι, exegesis, significa, literalmente: guiar hacia afuera, y, por extensión: extraer (o sacar) el significado de un texto dado.  Así, la exégesis tiene que ver con el momento gramatical de la interpretación, con el seguir las instrucciones del escritor o el editor del texto, para poder doblar la hoja de papel hasta encontrar el sentido del barco.  El proceso inverso es el de la eiségesis.  Ésta no es una palabra que realmente haya existido en Griego, sino un neologismo para, por contraste, explicar la idea de exégesis.  El caso es que dicha palabra significa: insertar o meter o poner dentro (en vez de sacar o extraer objetivamente del texto)  las interpretaciones personales en un texto dado.[6] En otras palabras, es leer en un pasaje algo que no está ahí, insertar un significado que fluye de un interés personal.[7] Es considerar al texto como un espejo en el cual queremos ver nuestra propia imagen.  O, como diría Pierre Lévi:

Del texto propiamente dicho, pronto no queda nada.  En el mejor de los casos, gracias a él habremos aportado algún retoque a nuestros modelos del mundo.  Quizá sólo nos haya servido como caja de resonancia de algunas imágenes o palabras que ya poseíamos.  A veces, habremos relacionado uno de sus fragmentos —investido de una intensidad especial— a una zona determinada de nuestra arquitectura mnemónica, y otro, a un tramo específico de nuestras redes intelectuales.  Nos habrá servido como interface con nosotros mismos.  Sólo muy raramente nuestra lectura, nuestra escucha, tendrá el efecto de reorganizar dramáticamente, como por una especie de efecto brutal de punto de equilibrio, el ovillo entremezclado de nuestro propio espacio mental (énfasis agregado).[8]

En general, la exégesis presupone un intento de ver el texto objetivamente, mientras que la eiségesis implica una visión subjetiva. 

Ahora bien, esta idea de exégesis vs. eiségesis ha pasado, por decirlo así, de moda, en el sentido de que ha caído en desuso, ya no que los/as hermeneutas no parten del principio de que hay que tratar de realizar una lectura lo más objetivamente posible.  Ese era el ideal de la vieja escuela hermenéutica.  Pero, desde el parágrafo 8 de Experiencia y juicio: Investigación acerca de la genealogía de la lógica, de Edmund Gustav Albrecht Husserl, se sabe que es imposible separarnos de nuestra subjetividad. Colocar el mundo entre paréntesis, en la reducción fenomenológica, para tratar de ver la cosa en sí, implica, de todos modos, nuestro yo.  Así, la idea de objetividad pura queda descartada.  Y, a partir de ello, Hans-Georg Gadamer va a considerar como algo muy valioso el hecho de que contemos con nuestras presuposiciones.  Es a la luz de esta nueva manera de considerar la Hermenéutica, que se ve al texto escrito u oral como un pretexto, que llega a ser texto únicamente cuando es leído por un sujeto (que trae consigo, inseparablemente, toda su subjetividad).  O, en palabras de Lévi, somos nosotros, en tanto sujetos, quienes actualizamos el texto: convertimos el pretexto en texto, aunque casi siempre el resultado de esa combinación de seguir las instrucciones del autor o del editor -para realizar los pliegues correctos que nos llevarán a encontrar el sentido del barco-, con nuestras presuposiciones, lleguen a otra cosa menos al barco: “A veces confiamos algunos fragmentos del texto a las poblaciones de signos que deambulan en nuestro interior. Estas insignias, estas reliquias, estos fetiches o estos oráculos no tienen nada que ver con las intenciones del autor ni con la unidad semántica viva del texto, [36] pero contribuyen a crear, recrear y reactualizar el mundo de significaciones que nos define”.

Así, vale la pena preguntar: ¿qué es más importante: 1) llegar al sentido objetivo del texto, de un texto que usualmente ha sido escrito por alguien que ha muerto hace muchísimos años o siglos, que vivió en otra región y que tuvo una cultura muy diferente de la nuestra, y que, por tanto, prácticamente no tiene nada que decirnos en la actualidad, o 2) crear, recrear y reactualizar, mediante la interpretación del texto (toda lectura o escucha de un texto es ya una interpretación) el mundo de significaciones que nos define; construcción del yo siempre por rehacer, siempre inacabada? Yo me inclino por la segunda opción, siguiendo a Husserl y, sobretodo, Gadamer, quien, a diferencia de Husserl, prácticamente no tiene ninguna pretensión de alcanzar la objetividad.



[1]  LÉVY, Pierre.  ¿Qué es lo virtual? Barcelona: Paidós, 1999.  p. 11

[2] Ibid., p. 25

[3][3] Ibid., p. 26

[4] Ibid., p. 25

[5] Ibid., p. 26.  “Pero mientras recogemos el texto sobre sí mismo, confeccionando, de este modo, su relación interna, su vida autónoma, su aura semántica, lo relacionamos también con otros textos, con otros discursos, con imágenes, con afectos, con toda la inmensa reserva fluctuante de deseos y de signos que nos hace ser lo que somos… Aquí, no es ya la unidad del texto lo que está en juego, sino la construcción del yo; construcción siempre por rehacer, siempre inacabada.  No es ya el sentido del texto lo que nos ocupa, sino la dirección y la elaboración de nuestro pensamiento, la precisión de nuestra imagen del mundo, el logro de nuestros proyectos, el despertar de nuestros placeres, el hilo de nuestros sueños” (énfasis agregado). Ibid., p. 26

[6] http://es.wikipedia.org/wiki/Exégesis

[7] http://www.teologia.com.es/index.php/Eiségesis

[8] LÉVI, Pierre, Op. Cit., pp. 26, 27

jueves, 19 de marzo de 2009

Cuarta reseña: 2. La virtualización del cuerpo. En : LÉVY, Pierre. ¿Qué es lo virtual? Barcelona: Paidós, 1999. pp. 19-25

Como nos lo muestra esta obra de Rembrandt (La lección de anatomía del doctor Tulp (Mauritshuis, La Haya), en la edad moderna, con el auge de la ciencia, el cuerpo humano está perdiendo ese respeto sagrado que se le tenía en la antigüedad. El cuadro es una denuncia, pues antes, debido al versículo de Génesis que dice que el ser humano es polvo y que se convertirá en polvo, las personas debían ser enterradas cuando morían. El polvo pertenece a la tierra, así como el ser humano-polvo pertenece a ella (recordemos la relación que hay en Hebreo entre Adamá: tierra y Adam: hombre), según la cual lo más lógico, desde esa lógica, es que el cuerpo sea enterrado. Por eso en la Edad Media se enterraba a los/as cristianos/as, mientras que a quienes eran condenados/as por la Inquisición se los/as quemaba o se los/as ahogaba. Así, el cuerpo de un/a muerto/a era intocable. La persona moría y, luego de haber sido velada, llorada por sus seres queridos, se la enteraba. Y esa sacralidad del cuerpo se conservó sólo hasta el Siglo XVII, aproximadamente. Pues, desde que Leonardo Da Vinci investigó la anatomía del cuerpo humano, desde que Francis Bacon postuló los principios investigativos de la ciencia moderna y desde que René Descartes limitó el concepto de “sujeto” a la mente, el cuerpo ha llegado a ser considerado como un objeto de estudio. El argumento implícito del Cogito Ergo Sum y toda la construcción moderna-occidental basada en el “sujeto” es: si yo soy animal racional, lo que me distingue de los animales es mi razón, no mi cuerpo. Por tanto, lo que importa es mi mente. Con el cuerpo se puede hacer lo que se quiera, como con el de los animales. En términos heideggerianos se diría algo como: “puesto que lo que me hace un ente ontológico es precisamente mi conciencia de que soy un ente (Da-sein es el único ente a través del cual se puede llevar a cabo la investigación por el sentido del ser), es la conciencia y no el cuerpo lo que me distingue de los demás entes. Así, el cuerpo humano, al perder aquel carácter distintivo de su humanidad mediante la muerte, -es decir, al perder su conciencia, porque un muerto no piensa, no es (recordemos la equiparación parmenideana entre pensamiento y ser)-, queda reducido a la condición de ente útil, o sea, de ente cuyo ser es servir para algo, serle útil a los sujetos (Da-sein) que lo usan.

De ahí que hoy en día al muerto se le saque un riñón para implantárselo a un Da-sein, a un ser humano vivo, enfermo. De ahí que se muestre la desnudez de los cuerpos humanos muertos en las morgues, para que los aprendices de Medicina conozcan mejor la anatomía, fisionomía y fisiología humanas.

De ahí se haya acabado con ese imaginario medieval, que basaba la razón de la existencia humana en entender cuál es el puesto del ser humano en ese mundo jerarquizado, en ese orbe creado por Dios/a y guiado por sus sumos pontífices, y, por tanto, ya no se piense en términos de lo que es o no es la voluntad de Dios/a: “si el niño nació mongólico, no hay nada que hacer, esa es la voluntad de Dios/a”, “si la muchacha es fea, no hay nada que hacer, pues Dios/a la creó así”, “si ese señor se accidentó es porque Dios/a lo permitió, y no hay nada que hacer con el rostro desfigurado y la pierna magullada”. No. Ahora se piensa en términos de lo que es la voluntad netamente humana, ésa que sopesa lo que es bueno y lo que es malo en términos de lo que es comprobable científicamente (lo que se cree que es, sin lugar a dudas, verdadero, evidente) o lo que no (lo que se califica de buenas a primeras como falso). Ciencia que se ha preocupado por sacar a Dios/a del mundo, no sólo mediante la Teoría de la Evolución, para entronarse ella como la diosa razón. Imaginario científico-moderno que nos lleva ahora a intervenir en el sistema genético del niño mongólico, antes de que nazca; a implantar silicona en los senos de las mujeres que sienten que no son atractivas para los hombres; y a injertar piel de la nalga o de cerdo en el rostro desfigurado del señor que se accidentó.[1] “Ésa es mi voluntad, y poco importa la de Dios/a”. Actitud aparentemente arrogante, por lo demás, en mi opinión, magnífica, pues en la Edad Media se reducía o encasillaba a Dios/a en un sistema inmutable de creencias (dogmas sobre su omnipotencia, omnipresencia, santidad, etc.), según el cual había respuesta para todo: esa es o no es la voluntad de Dios/a. Sistema cerrado al diálogo, a la defensa de la víctima, que servía para justificar torturas, injusticias, exclusión por parte de la sociedad de niños/as mongólicos (los escondían en el cuarto que queda debajo de las escaleras), etc. Virtualización del cuerpo humano que, de alguna manera, ha contribuido en la contraparte a esa concepción casi ascética de la Modernidad Occidental, de que lo único importante del ser humano es su mente, su parte subjetiva. Virtualización del cuerpo que lo está reivindicando, le está devolviendo su dignidad de ser parte importantísima del ser humano, la que le permite a la mente relacionarse con lo que de buenas a primeras se conoce como realdiad.

Percepción a través de los sentidos que analiza, de manera somera, Pierre Lévi. Dicho autor propone lo siguiente: “Comencemos por la percepción, cuya función consiste en traer el mundo aquí, un rol externalizado claramente por los sistemas de telecomunicaciones. El teléfono para el oído, la televisión para la vista, los sistemas de telemanipulación para el tacto y la interacción sen-somotriz: todos estos dispositivos virtualizan los sentidos, organizando así la puesta en común de los órganos virtualizados”[2] (énfasis agregado). Cita que está en el contexto de la generalización de las percepciones, del gran ojo colectivo que ve lo mismo. Enunciación valiosa que Pierre Lévi no profundiza. No va más allá, quizás porque no le interesa postular en los primeros capítulos de su libro una crítica a los efectos de la virtualización, o quizás porque es tan agudo, que presupone que los/as lectores/as ya conocen bien lo que ha de criticarse: el hecho de que en la actualidad la gente mire la misma emisión colectiva, facilita la labor dominadora de quienes tienen el poder sobre quienes trabajan como esclavos para ellos/as, esclavos sin voluntadad propia, sin criterio personal.

Ojo colectivo que lleva la misma mirada, el mismo punto de vista, a la mente. Mente que, debido a esas percepciones colectivas, termina por convertirse a su vez en una mente colectiva: todo el mundo piensa igual.

Así, por ejemplo, desde el hecho de que las niñas bogotanas ya no se vistan de acuerdo a las costumbres propias de lo que la ciudad fue antaño (el estilo cachaco), costumbres que respondían actualizada-concretamente a la problemática del frío y a la exigencia de pudor, sino que se vistan con el fin de imitar a “Las divinas” -el cual es, sin temor a cometer la falacia de generalización, el programa favorito de la mayoría de niñas de primaria-; hasta el hecho de que, sin temor a cometer la falacia mencionada, casi todos/as los/as adultos/as opinen lo mismo respecto a las pirámides, la parapolítica, la operación jaque, etc., gracias a que casi todos/as vieron y siguen viendo RCN y CARACOL; se está uniformando, en nuestro caso, a la ciudad, se le está diciendo lo que tiene que decir, lo que tiene que pensar, lo que tiene que hacer.

“Panoptismo”, “Gran Hermano”, entre otras palabras propias de las dis-topías, se nos volvieron comunes en Bogotá y quizás en el resto del país, gracias a que casi todos/as ven y escuchan los mismos medios de comunicación, prácticamente sin mirada ni oída crítica, discernidora, porque casi todos/as consideran que no hay que mirar ni escuchar otras fuentes de información. Y, entonces, por ejemplo (y sin que lo que voy a decir me haga partidario de las pirámides), en estos momentos es difícil encontrar a alguien que no hable mal de las pirámides y que no hable bien de los bancos, cuando hace unos meses la situación era al revés: “los bancos nos estafan, nos cobran intereses demasiado altos, no nos dan una buena tasa de interés, la rentabilidad es pésima”, “las pirámides están con el pueblo, no nos cobran intereses sino que nos triplican la plata como si los individuos del común fuéramos banqueros”. Hoy en día, debido a la agresiva publicidad que los/as dueños/as de los bancos, quienes veían en las pirámides al peor enemigo para su negocio, han promovido a través de los mass media, la gente prefiere a los bancos, exaltando cualidades que no veían en la época de gloria de las pirámides, tales como que son seguros, que ahí nadie se vuela con la plata, etc. Hoy en día casi nadie se acuerda de que los bancos cobran el cuatro por mil, que roban a la gente de manera legal por medio de sus altas tasas de interés, que hacen que la gente pierda su vivienda y sus ilusiones por el atraso en las cuotas impagables, etc. Hoy los bancos son lo mejor ante la “amenaza” (faltó decir terrorista) de las pirámides.

Finalmente, me gustaría señalar algunos aspectos dicientes que Pierre Lévi mencionó en el capítulo en cuestión, tales como:

“El teléfono separa la voz (o cuerpo sonoro) del cuerpo tangible y la transmite a distancia. Mi cuerpo tangible está aquí, mi cuerpo sonoro, desdoblado, está aquí y allá. El teléfono actualiza una forma parcial de ubicuidad, y el cuerpo sonoro de mi interlocutor se encuentra, asimismo, afectado por ese mismo desdoblamiento.[3] En cuanto a esto, sólo quiero notar que la mayoría de gente hoy en día se ha tomado muy enserio la cuestión del desdoblamiento, del don de la ubicuidad. Así, a manera de efecto de la virtualización de la voz -voz que hace parte del ser humano y cuya virtualización, por ende, hacer parte de la virtualización del cuerpo humano-, el teléfono se ha convertido en una justificación de la impuntualidad, de la conchudez. Esto se muestra en el hecho de que, si una persona tiene una cita a las cuatro de la tarde, y sabe que va a llegar tarde, ahora simplemente llama y dice que va a llegar uno poquito más tarde, y con eso la pospone. Es decir, se perdió esa cultura de los quince minutos de espera (si no llega en quince minutos, me voy), que comprometían a ambas partes de la cita a cumplirla con puntualidad. Lo mismo se aprecia en la entrega de trabajos escritos, tanto a través de llamadas como a través de correos electrónicos o hasta avisos en el FaceBook: “profesor, yo le envío el trabajo más tarde”. El instrumento que en un principio fue inventado para acortar distancias, ahora sirve para dilatarlas. Paradoja que explica también nuestra época actual: cuando tenemos tantos recursos para hacer las cosas a tiempo, incluso antes de tiempo, es cuando más nos demoramos. Y, bueno, esto no es gratuito. Al teléfono, que antes consistía en sólo un disco o unos botones para marcar el número, y en unos botones para colgar, ahora tiene un montón de distractores: juegos, calculadora, linterna, mensajes de texto, etc., que, como el MSN, el FaceBook, etc., en cuanto a Internet se refiere, y que están al servicio de las personas a quienes no les interesa que el pueblo piense, sino que se ocupe en trivialidades. Es decir, lo que pasa con las proyecciones, como las llama Pierre Lévi, sucede igual que como con las percepciones, ésas que ahora son colectivas.

Colectividad manifiesta en el denominado por Pierre Lévi como hipercuerpo. Colectividad que se ve en la siguiente cita: “Ahora, los ojos (las córneas), el esperma, los óvulos, los embriones y, sobre todo, la sangre están socializados, mutualizados y se conservan en bancos especializados. Una sangre desterritorializada fluye de cuerpo en cuerpo a través de una enorme red internacional en la que ya no es posible distinguir los componentes económicos, tecnológicos y médicos. El fluido rojo de la vida irriga un cuerpo colectivo, sin forma, disperso. La carne y la sangre, puestas en común, abandonan la intimidad subjetiva y pasan al exterior”.[4] Es decir, así como hoy en día, como se veía en el caso de las niñas que imitan en su forma de vestir a “Las Divinas”, hay una tendencia a que la gente no base su identidad en su nacionalidad, en sus costumbres, etc. (sin decir con esto que la gente ya no tenga nacionalidad ni costumbres), sino en el producto consumista que se vende en televisión, radio, Internet, etc. -en el arquetipo de mujer, de cantante, etc. que se impone. Producto consumista que tiene un poco de todo lado: hecho en Taiwan con materias primas latinoamericanas, para una marca estadounidense. Producto de la red globalizada de explotación por parte de los países ricos a los países mal llamados “tercermundistas”-, de la misma manera hay personas que tienen un poco de todo lado: mujeres que tienen silicona hecha en Taiwan con materias primas latinoamericanas, implantadas por un médico cirujano que estudió en Estados Unidos. Transfusiones de sangre que, curiosamente, no ligan al donante de sangre con la persona a quien se le inyecta, aún cuando, cual hermanos, son literalmente de la misma sangre.

Desterritorialización del cuerpo, de la sangre, de todo, producida por la virtualización del cuerpo, contra la cual, según Pierre Lévi, responden los deportistas que practican desde natación hasta deportes extremos, con el fin de intensificar al máximo la presencia física aquí y ahora, y reconcentrar “a la persona en su centro vital, su «punto de ser» mortal. La actualización se hace reina”.[5] Oposición ante la virtualización que, en términos de lo explicado por Pierre Lévi en su primer capítulo, corresponde lógica y necesariamente a la actualización (recordemos que lo virtual no se opone a lo real, sino a lo actual. Y que, si la virtualización es el proceso opuesto al de actualización, a la virtualización del cuerpo corresponde como contraargumento la actualización del cuerpo). Actualización del cuerpo que se da mejor cuando hay situaciones extremas, cuando se genera mucha adrenalina, cuando no se depende de un computador que le muestra una realidad virtual, sea en los juegos de carros o en los simuladores de vuelo. Actualización del cuerpo que se da volando en parapente o en paracaídas o en una montaña que se escala. Como dice Pierre Lévi en su aparte sobre el Resplandecimiento: “Aun a costa de ser reiterativos, recordemos que la virtualización se analiza, esencialmente, como un cambio de identidad, un paso de una solución particular a una problemática general o transformación de una actividad especial y circunscrita a un funcionamiento deslocalizado, desincronizado, colectivizado. La virtualización del cuerpo no es por tanto, una desencarnación sino una reinvención, una reencarnación, una multiplicación, una vectorización, una heterogénesis de lo humano”.[6] Así, aunque yo esté sentado frente a un computador, jugando un videojuego que me inventa un cuerpo atlético, de un hombre que hace bien los movimientos requeridos para deslizarse en la nieve, nunca será lo mismo tener esa experiencia deslocalizada, virtual, que estar directamente en la fría Suiza o en el exótico monte Aconcagua, y esquiar desde mi inexperiencia de bogotano citadino y sedentario. Podré ganar títulos virtuales en el videojuego, ser el mejor del mundo; pero irme de bruces en el primer intento con los esquíes no virtualizados sino actualizados (por no decir reales, cosa que no le gustaría a Pierre Lévi).

En resumen, estamos viviendo en una época donde lo virtual quiere ganar más relevancia que lo actual, y esto se manifiesta en la visión tecnocrática del cuerpo: podemos hacer con él lo que queramos, cambiarle órganos como si fuera un carro al cual se le pueden cambiar los repuestos, llevarlo a la latonería y la pintura del cirujano, etc. Época en la que nuestra voz viaja más rápido que un carro, de tal manera que puede llegar a Medellín en un segundo, mientras que mi presencia allá puede darse sólo después de un viaje de diez horas en bus y media hora en avión. Desdoblamiento que no sólo nos quita nuestra identidad corporal, sino también la identidad cultural propia de nuestra tierra, porque nos desterritorializa. Desterritorialización que nos pone a volar en un limbo virtual, en el desarraigamiento de creencias que nos permita tener puntos de vista propios, críticos, ante la uniformización que genera esa desterritorialización virtual. Desterritorialización contra la cual protestamos, poniendo los pies en la tierra a través del extremo vuelo actual (es más común, fácil y práctico decir: real) en parapente.
[1] “La imaginería médica hace transparente nuestra interioridad orgánica. Los injertos y las prótesis nos mezclan con los demás y con los artefactos. Hoy inventamos, en !a prolongación de las sabidurías del cuerpo y de las antiguas artes de la alimentación, cien medios de construirnos, de remodelarnos: dietética, body building, cirugía estética, etc.”. LÉVY, Pierre. ¿Qué es lo virtual? Barcelona: Paidós, 1999. pp. 19
[2] Ibid., p. 19
[3] Ibid., p. 20
[4] Ibid., p. 22
[5] Ibid., p. 23
[6] Ibid., p. 24